lunes, 4 de noviembre de 2013

El Espejo



La conciencia se mira a sí misma, repetida infinidad de veces, en planos que proyectan perspectivas de la realidad que se distorsionan en las profundidades del espejo. Es entonces que, confundido, el ser humano pierde noción de la dirección que debe tomar. Chocamos con los espejos, ocasionalmente destrozando alguno, y no distinguimos realidad de reflejo porque hemos generado una conciencia alterna, habitante de los espejos, que arrastra nuestra mirada en las direcciones equivocadas. Si nuestra referencia es siempre el espejo dejamos de ser nosotros mismos, perdiendo nuestra verdadera conciencia para ceder al impulso del reflejo, que por definición es deficiente, careciendo de genuina profundidad. Despersonalizado intermitentemente, el ser se analiza desde el reflejo, enfocando sólo la superficie, ignorante de sus propios sentimientos. El ser entonces se juzga, vorazmente, en el más estricto escrutinio que parece sólo enmarcar defectos. Avergonzado de verse patético, ensordecido por los gritos de la conciencia alterna, bidimensional y meramente producto de un efecto lumínico, el ser sabotea su propia existencia. La ceguera le impide percibir el daño que puede causar a su entorno, pues se cree erróneamente habitante del vacío. Es imprescindible que, para su salvación, el ser sea capaz de distinguir claramente ambas conciencias, primordialmente la que le ha acompañado desde su creación, aquella que carga en el interior y que es impulsada por profundos sentimientos y emociones. Tan fácil es perderse en el laberinto de espejos, abandonar la voluntad de ser quien se es, que el laberinto está repleto. Tal vez incluso aquellos que conocen la salida permanecen parcialmente en sus retorcidos corredores, porque tal como han logrado percatarse de los límites entre reflejo y realidad, conocen también los beneficios de mirarse al espejo. Aunque el equilibrio entre ambas visiones puede ser muy frágil, quienes lo alcanzan se vuelven capaces de reconstruirse a partir de los productos de ambas conciencias, fortaleciéndose en cada nueva versión. Tan sencillo como suena, el arte de verse a sí mismo puede tomar toda una vida en aprenderse.

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