lunes, 7 de enero de 2013

La Iglesia de México



          ¿Qué quedaría de la historia de México si desaparecieran, repentinamente, todos los capítulos en que la religión ha fungido como un factor determinante para escribirla? La historia de nuestro país no comenzó hace 202 años, no comenzó al implementarse la constitución de Cádiz o al firmarse el acta de independencia. No hay nación en el mundo que pueda justificar los azares de su cultura sin mirar más atrás de su primer día de “independencia”.

          La península arábiga estuvo alguna vez dominada por fuerzas políticas de Bizancio y Persia, siglos después los árabes ocuparon España y por ochocientos años fusionaron su cultura con aquella prexistente en Iberia. En 1492 una expedición financiada por Castilla llega a costas Americanas y menos de treinta años después caía, un trece de agosto, la poderosa ciudad de México.

          La cadena de eventos que el tiempo conecta lleva un cauce que pareciera tener conciencia propia, a esto le llamamos destino. Fue, pues, este “destino” que a México trajo la religión Católica. El territorio que los conquistadores españoles pusieron en manos de la Corona de Castilla estaba ya consagrado a un sistema religioso que en su mayor parte se había consolidado de forma por demás sangrienta. Al amanecer en la antigua Mesoamérica la religión del Dios sacrificado, crucificado, sufrido y ensangrentado era de esperarse que los nativos no distinguieran diferencia entre rojos sangre.

          Con violencia se imprimió en México la religión de la paz, queriendo borrar la religión de la violencia. Así de redundante se volvió entonces el baile entre lo religioso y lo político, trayendo consigo constantemente periodos intermitentes de sangre y de paz. Se habla de la forma en que algunas órdenes religiosas hacían a los indígenas convertirse al culto cristiano, bajo tortura e infundiendo en sus corazones los miedos más profundos al arma más exitosa jamás creada por la Iglesia para combatir el pensamiento libre y los deseos carnales: el pecado.

          Un día fue la Virgen de Guadalupe el símbolo del México Independiente, y casi cincuenta años después se libraba la guerra de Reforma, que justificó la destrucción de innumerables templos, conventos y monasterios… recuerdos del México virreinal que quedaba atrás entre polvo y llamas. Llegó el fin de siglo, llegó la época moderna y los latifundios petroleros y agrícolas. El breve perdón que el gobierno de México había conseguido ante la Iglesia de Roma veía al país prosperar en paz armada.

          Llegó entonces el momento de impulsar las nociones que por muchos años habían estado gestándose en un mundo sometido por los poderes del imperialismo industrial, vivió México el siguiente periodo de sangre: la Revolución. Involuntariamente la Iglesia patrocinó la gesta socialista al ser saqueados los templos y conventos, para luego ser utilizados como cuarteles, fortalezas o almacenes de armamento. Llegó la resolución turbulenta y mediocre, dejando al país de rodillas ante una nueva generación de caudillos que harían llover sobre México aún más episodios de la dictadura militar que se creía haber dejado atrás. De nuevo, y con la enorme fuerza que lo caracteriza, México se fue poniendo de pie. La Iglesia se convirtió en el apoyo y la protección de todos aquellos que resultaron víctimas de lo que para ellos fue, en gran parte, una guerra incomprensible.

          Poco se disfrutó la paz antes de que el péndulo pusiera en su camino, una vez más, las torres de la Catedral. Ahora, a más de medio siglo de haber establecido la constitución de 1857 el gobierno de México se declaraba de nuevo en contra de uno de los más preciados pilares de su propia sociedad: la religión. Una guerra mucho más corta que la Revolución, pero con consecuencias que lograron aferrarse al paso del tiempo, adentrándose en la segunda mitad del siglo XX. Fue hasta entonces que el gobierno de México hizo de nuevo las paces con la Iglesia y el mundo vio nacer la que ahora cuenta entre las órdenes religiosas más poderosas de la historia, una orden gestada en México que logró abrirse camino hasta los oídos y las manos del mismísimo Vicario de Cristo. Ahora, al haberse cerrado la primera década del nuevo milenio, con el país a punto de conocer a su tercer presidente de la llamada etapa de “alternancia”, el Santuario de Guadalupe en el Tepeyac representa el segundo destino de peregrinaje católico después de la Basílica de San Pedro en Roma. La arquidiócesis de México se manifiesta públicamente en contra del Papa, y éste último ha condenado finalmente las acciones de Maciel, evitando su beatificación inminente en los años de Juan Pablo II, ahora beato.

          En este nuevo punto de inflexión se ha vuelto imposible saber si la marea es alta o baja, a pesar de la historia hemos perdido de vista el enorme péndulo y lo que quedará en su camino. Las calles y rincones de la Capital de nuestro país gritan “Santa María de Guadalupe”, habiendo sido siempre Ella el verdadero Pilar de nuestra historia. Al mismo tiempo se percibe ya el descontento con las acciones del actual representante de San Pedro.

          ¿Cuántos países se han debilitado o han ante el poder desgarrador del Estado Vaticano? ¿No es ese vicio de la historia occidental  contra lo que México ha luchado ya tantas veces? ¿Qué diferencias existen entre las acciones que Juárez y Calles tomaron en contra del poder de la Iglesia? Nunca ha sido, y nunca lo será, un beneficio el hecho de que una religión cuente con un soporte político como lo es el Estado Vaticano. El Papa es, a la vez, jefe de Estado y jefe de la Iglesia. Su Estado es, como tal, económicamente insustentable ya que no produce, no importa o exporta bienes. Sin embargo tiene voz en la ONU, en la Comunidad Económica Europea, e indirectamente en todo el mundo católico. Su gobernante tiene la libertad de entrar a cualquier país y dirigirse a los ciudadanos sin tener mayor censura que la de su propia administración. Es líder de una estructura tan grande que ya le resulta pesada al mundo, tan ineficiente y por lo tanto tan corrupta que parecieran ser sólo aquellos de sus miembros que deciden ignorarla quienes en verdad recuerdan para qué se estableció.

          Esa última guerra que los ciudadanos mexicanos tuvieron que librar contra su propio gobierno, la guerra cristera, fue con el único objetivo de rescatar la libertad. Ignorados por el Papa, en un despacho a miles de kilómetros de distancia, no deseaban recuperar el poder para la Iglesia. Añoraban ver un México libre y próspero bajo las promesas de la Revolución. Su sueño se vio repentinamente alineado con aquel de quienes lucharan por la misma idea desde que pisaran costas mexicanas aquellos doce franciscanos en 1523, el Nuevo Mundo es la tierra del Renacimiento, en donde los horrores de la Edad Media Europea podrían ser olvidados en un nuevo comienzo. El Padre Hidalgo, en búsqueda de esa libertad tomó el estandarte de la Virgen de Guadalupe para encabezar uno de los primeros movimientos insurgentes en la Nueva España del siglo XIX, no para entregarle el país a la Iglesia de Roma, sino para dejar en claro que aún antes de ser oficialmente una nación independiente se había forjado ya en México una poderosa identidad. La espiral de la historia seguirá marchando, pero su mensaje para México pareciera mantenerse firme: si el espíritu de nuestro país está atado a la religión seamos nosotros quienes decidamos sobre ella. La historia ha puesto en nosotros la responsabilidad de comenzar esa labor definitiva de destrucción de la carga que representa para este Nuevo Mundo la viciada Iglesia de Europa. Ya hemos visto señales, desde Brasil hasta México han surgido guerreros en pro de esta nueva gesta de independencia. No dejemos que esas pequeñas luces que ahora brillan lejos, en la distancia, se extingan para siempre. Las verdaderas puertas al nuevo milenio se encuentran aún cerradas con llave, la experiencia debiera ser suficiente para darnos cuenta de que esa llave no es la que ostenta el Vaticano, sino el deseo ferviente de libertad, justicia y paz que a gritos a pedido representar la Señora del Tepeyac. No como imagen religiosa, sino como Madre, comprensiva, cariñosa y que bajo su manto es capaz de albergar sin el menor juicio a todos aquellos que con dignidad han logrado comprender la complejidad de la condición humana. Es la imagen de la Patria, la casa de todos.

Xesús F.

El Mito de Tenochtitlan



Un pueblo que alcanza su apogeo valiéndose de la dominación sobre los otros pueblos debe construir una imagen propia que genere tal valor simbólico que su dominio aparezca justificado ante el interminable juicio de la historia. Esta fue la intención de aquel grupo mexica que prevaleció sobre la impresionante cantidad de señoríos que alguna vez poblaran el Valle de México. Así, el más grande símbolo del cielo, un águila, desciende sobre la serpiente que es el plano terrestre y aquel del inframundo, para fusionarse los dos seres en un emblema que representa un puente entre el mundo de los humanos y el de los dioses. Pues la esencia de la serpiente es depositada en el águila y las dos se vuelven uno solo. La ciudad cuyo nombre sería el de un país entero había sido bendecida como el centro mismo del universo, en donde sus tres planos se conectaban y los hombres podían hablar con los dioses.

¿Cuándo fue que el impresionante simbolismo que nuestra bandera contiene se perdiera en el tiempo, y la comunión del cielo y la tierra se desvirtuase para convertirse en la expresión tan occidental que nos habla del exterminio y triunfo sobre el ‘mal’ reflejado en la serpiente? Hemos perdido aquella noción de dualidad universal que tanto balance trae consigo, para reemplazarla con la eterna lucha entre opuestos, el bien y el mal. El símbolo que representa el corazón mismo de aquella cultura antigua ha sido roto en pedazos que ahora se han dividido y diferenciado tanto que sus contornos ya no corresponden, nuestra historia es un rompecabezas cuyas piezas no pueden ensamblarse sin dejar brechas tan profundas entre sí que no bastaría un sexenio para cruzarlas.

Nuestra sociedad ha aprendido la manera de existir en el mundo como un cristal estrellado que no se despedaza. Vivimos por vivir, y el peso de una historia cuya imagen es la de un camino tan cubierto por la maleza que es imposible distinguir su dirección sin cometer errores que nos hagan perder el curso. Es tan injusta la vida de quien es puesto tras las rejas sin culpa alguna, como la de quien porta una placa y una pistola como única fuente de ingreso económico para su familia, cuyo interés es cuidar a los suyos, y que estaría dispuesto a sobrecargar su conciencia con tal de recibir el dinero extra que podría significar una mejor oportunidad para sus hijos. Estamos completamente atrapados en una red tan resistente y cerrada que sofoca a todo aquel que habite este territorio infestado de riquezas.

La imagen del mundo desarrollado, el progreso y la modernidad, ha sido el sueño de quienes poseen el poder desde que obtuviéramos finalmente la independencia, quizá incluso desde antes. Pero nunca nos hemos detenido a reflexionar si está realmente en el destino de nuestro país el conseguir el título de primer mundo. Tal vez debamos abrir más los ojos para percibir los colores que nos rodean, México es un zarape cuyas fibras corren hacia atrás decenas de miles de años, cuyos materiales provienen de tantos lugares en el mundo que resulta imposible definir una sola identidad. Se habla de tres raíces, pero éstas son únicamente las que al árbol resultan vitales, sin embargo este árbol ha crecido y extendido sus ramas tan ampliamente que hace falta ya reconocer la infinidad de pequeñas raíces que le son indispensables para mantenerse de pie. No hace falta mucha capacidad de observación para darse cuenta de que tan sólo en la Ciudad de México la diversidad es increíblemente grande, reflejando los horizontes tras las montañas que cierran el valle, que se extienden en diversidades verdaderamente incontables. ¿Cómo podemos conformarnos con la ingenuidad de que algún día todo aquello que es México cabrá en la diminuta butaca que ofrece el exclusivo palco del primer mundo?
          
           El futuro de nuestro país se esconde en los rincones más inauditos: es un espíritu de extraordinaria libertad que en fragmentos ha logrado ocultarse tras los pilares de un templo barroco y entre las sombras de los corredores del claustro virreinal, se ha disuelto en las llamas del anafre, ha escalado a la cima de los volcanes para permanecer congelado en sus glaciares, aparece intermitente en los pasos del danzón y juega en los remolinos de polvo que el viento de primavera despierta en los caminos de tierra. Todos los días nos susurra al oído pidiéndonos despertar, es la olvidada conciencia que tras siglos de soportar la injusticia hemos encerrado en el más oscuro de los calabozos. Es una mirada que llega inesperada y en un instante fugaz alcanza el corazón, por breves momentos llenando el vacío entre aquellas piezas aparentemente irreconciliables de un rompecabezas que forma una imagen que nunca dejará de cambiar, pero que con nuestra ayuda recobrará aquel significado tan poderoso e intimidante. El verdadero puente entre el cielo y la tierra está sostenido por cada momento en el que los habitantes de este extraordinario lugar ha gritado desde lo más profundo de su ser ¡Viva México!

Xesús F.

sábado, 1 de diciembre de 2012

La Leyenda de los Volcanes



Explosiones violentas de fuego y de lava ascienden entre nubes de humo negro y cenizas. Relámpagos y truenos quiebran en cielo y hacen temblar la tierra. Desde el horizonte, tras la sierra y los montes, se va desprendiendo un sol de sangre.

—¡Los antiguos dioses regresan al mundo!— Gritó desesperadamente un anciano que se refugiaba bajo un puente de concreto.

Las multitudes se revolvían en un caos mortal, cientos yacían aplastados por sus propios hermanos. Los gritos y llantos se desvanecían al imponerse sobre ellos la voz de la montaña en erupción.

—¡¡Es el fin...!!— se quejó el anciano, aferrándose a un poste de teléfono mientras el río de gente lo atropellaba.

Un fuerte terremoto azoto la ciudad, destruyendo toda esperanza y barriendo con las torres que solían rasgar las nubes. Mientras el enfurecido disco del sol se abría camino entre el humo, otra figura imponente se levantó sobre el mundo. Lentamente, provocando el crujir del planeta mismo, la dama de piedra se puso de pie. Al principio su andar era lento, pues su cuerpo estaba entumido por haber pasado tantos siglos en quietud y en silencio. Ya camina con paso firme, su presencia logra calmar al volcán.

—Calla y duerme, amor de roca y humo, guarda tu furia en el corazón del mundo y cubre tu rostro con la helada manta de nieve y paz...— ordenó ella.

La gigante de piedra sopló para esparcir las nubes de gas y ceniza, dejando al sol un campo libre y azul. Ya no se escuchan los truenos, pero la otrora orgullosa metrópoli yace en ruinas.

—Señora del tiempo y de la calma... ¡Ayuda a tu pueblo que se pierde en la agonía y la desesperanza!— lloraba el viejo, su clamor se alzó por los aires y un viento del norte lo llevó hasta los oídos de la mujer petrificada.

La montaña viva marchó hasta el anciano y lo tomó entre sus manos, plagadas de raíces y chorreantes de agua fresca. El hombre se hincó y colocó sus manos en gesto de súplica, sus lágrimas rozaron la piel del monte.

—No hay nada más que pueda hacer por ustedes, el destino es terreno de fuerzas más grandes que los cerros y los valles... Y sin embargo, es un poder que los dioses han otorgado sólo a sus hijos los seres humanos...— explicó la mujer.

—Entonces es verdad! Estamos perdidos para siempre...— respondió el anciano, arañándose las mejillas.

—En verdad su tiempo se ha agotado si les es imposible ver la esperanza, aún desde la oscuridad... Los tiempos que vienen estarán entre los peores, el sol será de sangre día y noche, la luna morirá y no se escuchará el canto de ningún ave en todo el país... Sólo con la mirada en el horizonte podrán soportar esta marea, sólo uniéndose para buscar un camino que estará lleno de sacrificios, pero tendrá que recorrerse. Los tiempos en que se miraba arriba y se pedían respuestas han concluido, cada ser humano tendrá que asumir su propia responsabilidad y ver por el futuro de este lugar, no hay marcha atrás, el volcán sólo permanecerá dormido hasta que ustedes lo ordenen... El es el espíritu de fuego que habita en todo hogar, y que ha sido aplastado y silenciado por demasiados años, su furia se ha acumulado y ahora será muy difícil contenerla. Si ustedes no buscan ese destino, si no guían el rugido del volcán, este nos consumirá a todos, borrando las almas sin esperanza que serán el cadáver de una nación cuyo nombre se perderá para siempre.

El anciano permaneció en silencio hasta que la mujer montaña lo liberó en el suelo, alejándose para recostarse de nuevo, sobre la línea del horizonte. La tierra se conmocionó y el volcán comenzó a escupir fuego y humo, aún más poderoso que antes. Con los pies resecos y el estómago adolorido por el hambre, el viejo comenzó su camino. Al pasar junto a los pequeños grupos de personas que aún habitaban las derruidas calles, les pedía que lo siguieran, apuntando con su dedo hacia el frente. Poco a poco, la procesión creció, hasta que sumaba algunos millares. Marchando descalzos sobre el pavimento agrietado y lleno de basura, los habitantes de la ciudad avanzaban orgullosos, cada vez más llenos de esperanza. Cuando uno caía, otros lo levantaban inmediatamente; si alguien se quedaba atrás lo esperaban; si faltaba agua compartían sus botellas... Los grandes impulsaban a los chicos, hablándoles de posibilidades antes inimaginables. Canciones y música brotaban de diferentes puntos del desfile. Todo estaba en movimiento, avanzando constantemente hacia adelante a pesar de las montañas de escombro. Con el rostro inclinado hacia el cielo, el anciano se percató de que el fuego del volcán se movía sobre ellos, manteniendo el fluir de la pesada marcha. Con lentitud, una misteriosa fuerza se fue apoderando de cada uno de los caminantes, a su alrededor los edificios se reconstruían, muchos de ellos con mayor esplendor que antes. La vida regresaba a la ciudad y al país, el sol de sangre se convirtió en oro, y la luna brillo de nuevo en el cielo de la noche.

Una tarde, mientras recordaba la era de tinieblas, el anciano volvió la mirada a la mujer montaña. Su silueta velaba aún sobre el valle, cubierta por la nieve. Con el corazón encendido le agradeció la lección, llenándose nuevamente de lágrimas de emoción. Se asomó al balcón y observó al mundo de gente que circulaba por la calle, sonriendo dijo:

—Nuestro destino es caminar...

Xesús F.

martes, 10 de julio de 2012

El Comunismo de Tchaikovsky



El Siglo XX fue un desfile de propuestas económicas, políticas y sociales que aun hoy en día tienen eco en muchos lugares del mundo. Ahora, entrada la primera mitad de la primera década del XXI, la humanidad se encuentra en una crisis institucional sin precedentes. Los modelos del siglo pasado colapsar bajo su propio peso y no vemos llegar una solución resistente al panorama globalizante.

La tortuosa vida de las propuestas comunistas dejo su gloria bajo los escombros del muro de Berlín, muy pocas cabezas realmente permanecen unidas bajo el estandarte rojo. Por un lado vale la pena preguntarse la evolución histórica de dichas ideas fue tan siquiera algo cercano a las ideas de Marx... Quizá no. Sin embargo, no es caso perdido...

Fuera de las complicaciones de una administración nacional, o de lose todos de producción y los sindicatos, existe un mundo donde la utopia de la camaradería sigue vigente. El único espacio donde la humanidad ha logrado convivir en absoluta armonía con un fin común, y además noble y enriquecedor. Se trata de la música.

Altamente recomendada, la película de coproducción rusa y francesa llamada "Le Concert" o "El Gran Concierto" nos muestra el lado comunitario de la música y su enorme potencial como fuente de inspiración humana. Uno de los diálogos del largometraje expresa concretamente la relación estrecha que existe entre la utopia comunista y una orquesta ofreciendo un concierto.

Espero quienes lean esta publicación se den tiempo de ver la película y reflexionar al respecto. Lo importante no es la búsqueda de un regreso a modelos políticos y sociales ya por demás caducos, sino la demostración de que los seres humanos realmente contamos con la capacidad de convivir , crear y crecer como una comunidad. Creyendo en esto, las posibilidades para el futuro toman ligeros matices de esperanza... Ojalá.

Xesús F.

martes, 3 de julio de 2012

¿Históricamente Absurdo?



3 de Julio de 2012...

El país está en llamas. Las redes sociales derraman el surtido más amplio de intenciones y emociones, en su gran mayoría expresando enojo, hartazgo, inconformidad e incluso el más profundo resentimiento. Las calles abarrotadas de protestas, desde las más legítimas hasta las más perversas. No habrá lugar para errores en la próxima transición, pues estamos finalmente al borde del precipicio.

El gobierno arrastra un lastre de poco menos de doscientos años en los que las malas decisiones han opacado a las buenas intenciones. A principios del Siglo XXI la Nueva España resplandecía ante el mundo como el puente entre Europa y Asia, las naos recorrían el Pacífico una y otra vez para regresar al puerto de Acapulco desbordando de riquezas exóticas. Las grandes haciendas mineras, azucareras, textiles, agrícolas y ganaderas elevaban el prestigio de este portentoso Virreinato. Pero el precio de construir semejante imperio sobre las espaldas azotadas de los negros, las manos llagadas de los orgullosos indígenas y los agujereados bolsillos de mestizos y criollos terminó por inclinar la balanza hacia el propósito de la Independencia.

Si bien es erróneo e ignorante considerar 1810 como inicio de todo aquello a lo que llamamos México, podría decirse que sí es el primer punto de quiebre para nuestra turbulenta historia política. Al establecerse oficialmente la Independencia de México en 1821 nuestro vecino del norte ya contaba con aproximadamente 40 años de experiencia como nación federalista. Todos sabemos que desde que existe una nación norteamericana existe la ambición de reclamar las Américas en nombre del Tío Sam. Así fue entonces que el embajador norteamericano trajo consigo los documentos necesarios para establecer en la novata soberanía mexicana la logia Yorkina, a la que pertenecieron los padres del Estado Norteamericano. La labor de la logia en México fue la venta de ideales de República que estaban desarrollándose en los Estados Unidos y que, por cuestiones de futura expansión, les convenía "compartir" con sus vecinos hispanoamericanos. La breve alianza entre Agustín de Iturbide y Vicente Guerrero concluyó cuando dos poderosas fuerzas comenzaron a luchar por el corazón de México. Por un lado estaba la idea de la República Federal bajo el modelo de los Estados Unidos, sustentada por la logia Yorkina a la que para este entonces ya pertenecía y representaba Vicente Guerrero. En oposición estaba la idea que muchos criollos sostenían desde el Siglo XVI, en la que el Virreinato dejaba de depender políticamente de la Corona Española y se establecía como una Monarquía Democrática al estilo de Francia. Incluso se hizo la invitación al exiliado Rey español para que fuese la cabeza del Imperio Mexicano, su Majestad declinó y fue entonces que se proclamó al insurgente Agustín de Iturbide como monarca. Poco duró este sueño pues la presión de los federalistas evitó al nuevo rey asentar la clase noble necesaria para sustentar su corona. Al poco tiempo se celebraban las primeras elecciones presidenciales y legislativas de los Estados Unidos Mexicanos.

Hoy vemos más que nunca las consecuencias de la escueta labor que tuvieron a bien realizar nuestros antepasados al establecer en un antiguo Virreinato una República Federal. El problema no está en adoptar el modelo federal, sino en la transición. México estaba organizado como una monarquía, hubiera sido más sencillo -y más lógico- conservar la organización para comenzar a construir una nación más fuerte. Una monarquía democrática, como lo son hoy en día España e Inglaterra, permite que exista la democracia al establecerse un Parlamento y un Ministerio. Así, nuestro país hubiera evolucionado de manera más estable hacia los modelos contemporáneos de democracia y eventualmente convertirse en una República Federal cuya constitución se construyera sobre las bases de una historia coherente...

¿Vale la pena siquiera imaginarse todos los "hubieras" que esto implica?

Tal vez no. Pero es importante considerar la historia cuando buscamos soluciones a problemas de hoy, sobre todo cuando vemos levantarse a una institución política que se encargó de transformar a las pocas cosas buenas que nos pudo haber traído la revolución de 1910 en males que aún nos costarán por décadas. Es triste ver cómo el miedo y la incertidumbre que han sido además alimentadas por la inseguridad, la violencia y la pobreza crecientes, han obligado a nuestro país a sufrir la democracia en lugar de gozarla.

En los próximos días se impugnarán los resultados electorales, ya hemos visto cantidad de "pruebas" que se pueden interpretar como un fraude, ya estamos sufriendo de nuevo la toma de las calles de la capital y escuchamos los gritos de la sociedad inconforme y molesta... ¿Qué es lo que permitiremos que suceda si el tribunal electoral nombra a Enrique Peña Nieto presidente electo?

Acaso...

¿Marcharemos por las calles hasta que él o su partido declinen la presidencia en favor de Andres Manuel? ¿Marcharemos a las televisoras para reclamarles su responsabilidad en el resultado de las elecciones, o en el posible fraude? ¿Dejaremos que reporteros y staff de los medios sean abusados e incluso maltratados física y verbalmente cuando únicamente se dedican a hacer su trabajo? ¿Organizaremos un plantón que cause peores situaciones de tráfico, la quiebra de negocios y la pérdida de empleos?

...Ó...

¿Marcharemos por que el nuevo gobierno en realidad sea de todos y para todos y que el gabinete presidencial y la legislatura realmente reflejen los resultados obtenidos en las casillas? ¿Marcharemos por que se nos permita evaluar y auditar como fuerza ciudadana a los gobiernos, para que respondan por sus actos con transparencia y si no obligarlos a pagar las consecuencias conforme a lo que dicta la ley? ¿Marcharemos por tener la oportunidad, legítima a los ciudadanos, de privar de todo poder a gobernantes que no cumplan con sus obligaciones? ¿Promoveremos el recorte de la cámara de diputados a través de la eliminación de los plurinominales y la reducción de la cantidad de senadores a la mitad (2 por estado)? ¿Promoveremos la participación ciudadana y el desarrollo sustentable, entendiendo que es nuestra responsabilidad colectiva como mexicanos el que nuestro país realmente mejore?

Es muy fácil marchar cuando no tenemos trabajo que perder. Es muy fácil quejarse cuando podemos delegar toda la responsabilidad y simplemente criticar sin proponer. Es lo más sencillo y cómodo gritarle groserías a Televisa por su participación en las campañas electorales y al mismo tiempo seguir las telenovelas, los programas de concursos, los talk shows, etc... ¿Por qué hasta ahora le reclamamos a Televisa si a nuestros abuelos ya les daba atole con el dedo? ¿Por qué seguimos sufriendo de los pésimos servicios de Telmex y Telcel? ¿Por qué seguimos permitiendo que se despilfarre dinero en segundos pisos del periférico, pistas de hielo y conciertos gratuitos de Justin Bieber cuando la Ciudad de México es al mismo tiempo uno de los sitios con más lluvia y con menos agua potable?

Hay que reflexionar cuánto tiempo hemos estado rodeados de lo absurdo, y cuánto de esto ya forma parte de nosotros mismos... ¿Dónde está la frontera?

Espero que esta primera publicación pueda abrir puertas... Cualquiera que sea su opinión me encantaría leerla como comentario. ¡Gracias!

Xesús F.